sábado, 4 de abril de 2009

Pretérito perfecto

La luna estaba zurcida al techo y las estrellas se desvanecían en el aire como volutas de humo. Las paredes de aquel cuarto se habían convertido en el ring de una lucha infinita de luz y oscuridad en los últimos días. Todo estaba vacío de nuevo.
Recuerdo mis días de niñez en aquella habitación, en los que había visto el sol salir por primera vez, asomándose con timidez y tiñendo las nubes de color carmesí que inundaban el cielo. Abrir la ventana y sentir el golpe del viento cálido, más allá de la profundidad de la nieve de invierno, acariciando mi inocencia.
Soñaba con secuestrar el sol, consciente de una utopía infinita, pero el hecho de imaginarme que el sol podría salir por mí, hacía todo más interesante y divertido a su vez. Era un mendigo que se alimentaba de sueños y quimeras, era un niño con la sonrisa tatuada de esperanzas, un alquimista de corazón.

Nunca antes me había sentido tan lleno de vida, y es difícil asumir que aquella ansiada felicidad, aquellos días de plenitud, habían llegado a desvanecerse en la nada cual hoja alejada para siempre de su árbol con la primera brisa de otoño.